Las Voyager son dos sondas espaciales estadounidenses enviadas a los planetas exteriores del Sistema Solar. La Voyager 1 fue lanzada el 5 de septiembre de 1977. Pasó por Júpiter en 1979 y por Saturno en 1980. La 2 fue enviada al espacio el 20 de agosto de 1977, y luego de visitar Júpiter y Saturno arribó a Urano en 1986 y Neptuno en 1989 siendo la única sonda que ha visitado esos dos planetas. 

A finales de los años 80, mientras Voyager 2 se dirigía a Urano y Neptuno, varios científicos, entre ellos el renombrado Carl Sagan, se percataron de que la 1 se hallaba en una posición perfecta para fotografiar a todos los planetas del Sistema Solar. Gracias a su paso cercano por Titán, la luna más grande Saturno en 1980, se encontraba por encima del plano de la eclíptica (el plano que contiene la órbita de la Tierra y, por extensión, de la mayoría de planetas). La Voyager 2 también debería abandonar la eclíptica -en este caso por debajo de dicho plano - tras su encuentro con Neptuno, pero tardaría muchos años en estar a la distancia suficiente para captar todo el Sistema Solar como la Voyager 1. Sin embargo, no todos los científicos estaban de acuerdo ya que operar sondas espaciales cuesta mucho dinero. Y las imágenes no tendrían ningún valor científico. Además, no estaba claro si se podría captar la Tierra claramente. En último término se acordó que para no interferir económicamente con el sobrevuelo de Neptuno por parte de la Voyager 2 en 1989 se decidió retrasar el proyecto hasta después de esa misión. Pero la espera no podía ser eterna. Luego del encuentro con Neptuno la mayor parte del personal de las Voyager sería enviado a otros puestos de trabajo y era muy probable que la cámara dejase de funcionar con el tiempo. Además, la electricidad generada por los generadores de radioisótopos (RTG) iba disminuyendo poco a poco. Candy Hansen y Carolyn Porco -por entonces en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA y la Universidad de Arizona, respectivamente- calcularon los tiempos de exposición para las imágenes en base a las posiciones relativas de los planetas con el objetivo de presentar una propuesta que la NASA no pudiese rechazar. Además, fue necesaria la intervención directa de Richard Truly, administrador de la NASA, para que la secuencia de fotografías se llevase finalmente a cabo. Para validar científicamente el proyecto, además de las imágenes  de planetas, el resto de fotografías serviría para estudiar la luz zodiacal y la distribución de materia interplanetaria. Para ese entonces Voyager 1 seguía funcionando con la esperanza de aportar datos sobre la heliopausa, la frontera del sistema planetario, donde el viento solar deja paso al viento estelar de la Galaxia. Pero para esa tarea no había necesidad de enviar fotografías. Sin embargo y tras muchas discusiones se decidió que el 13 de febrero de 1990 la Voyager 1, que se encontraba a más de seis mil millones de kilómetros del Sol, girara su plataforma en la que se encontraba su cámara principal y tomó 64 imágenes, las últimas que realizaría durante su misión.

El gran temor de muchos técnicos era que el viejo tubo Vidicón de la cámara quedase inservible si se fotografiaba el Sol directamente (un temor absurdo teniendo en cuenta que la Voyager 1 no iba a realizar más imágenes), por lo que se decidió captar el Sol y sus cercanías con el filtro de metano de la cámara -el más oscuro que poseía- y reducir la exposición hasta 1/200 segundos, la más corta posible. Pese a la lejanía, en 1990 la magnitud del Sol visto desde la Voyager 1 era de -18,7 y ocupaba 3,3 píxeles en la cámara de gran angular y 40 píxeles en la de pequeño angular. Distinta fue la situación con Urano y Neptuno. Para poder apreciarlos las imágenes debían tener unos 15 segundos de exposición, así que aparecerían borrosos por culpa del movimiento de la nave. Dadas las condiciones en las que se iban a tomar las fotografías, fue lo mejor que se pudo hacer. La contracara son Júpiter y Saturno, que se pudieron vislumbrar claramente (de hecho, los anillos de este último se aprecian indirectamente como una extensión de cinco píxeles). En el caso de Marte, debería haberse visto como un punto minúsculo, pero desgraciadamente los encargados de la misión se dieron cuenta demasiado tarde de que el planeta rojo sería invisible a través de los tres filtros de color de la cámara. Inmediatamente se sugirió cambiar la secuencia de instrucciones para fotografiar Marte sin filtros de color, pero no hubo tiempo. La Tierra y Venus serían unos puntitos de 1,4 y 1,3 píxeles respectivamente, pero en realidad nuestro planeta ocuparía menos espacio (0,12 píxeles) al verse como un fino creciente desde la perspectiva de la Voyager. Para la imagen a color de la Tierra se realizaron tres fotografías de 0,72, 0,48 y 0,72 segundos de exposición con los filtros azul, verde y violeta respectivamente. Si bien la Luna también entró en el campo de visión de la cámara, era demasiado débil para que fuese visible. Debido a la cercanía con el Sol Mercurio fue invisible para la Voyager 1 y no aparecería en el retrato.  Las imágenes no se enviaron inmediatamente. Se registrarían en el grabador magnético de la nave se enviaron a la Tierra entre marzo y mayo de ese mismo año. Cada una tardó casi cinco horas y medias en recorrer el abismo interplanetario antes de llegar a la Tierra para ser recibidas por la red de espacio profundo (Deep Space Network) de la NASA. Cuando la NASA presentó en sociedad las imágenes casi pide disculpas por la baja calidad de las mismas, muy distintas a las ofrecidas durante los encuentros con los planetas exteriores. En la mayor parte de imágenes solo reinaba la negrura del espacio, pero en alguna que otra se apreciaba un pequeño punto de luz, un planeta, entre ellos la Tierra. Un simple punto azulado suspendido en la negrura del espacio en medio de un rayo de luz, un reflejo de la óptica de la vieja cámara que aparentemente había arruinado la imagen. Sin embargo el público quedó cautivado. Era la oportunidad de ver nuestro hogar desde una distancia inconcebible, inédita.  

Concretamente, la imagen de la Tierra sirvió de inspiración para que en 1994 Carl Sagan edite Un punto azul pálido (Pale Blue Dot). Ese nombre adoptaría finalmente la icónica imagen. En una de sus secciones del libro, Sagan relató sus pensamientos en un sentido más profundo:

Desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante. Pero para nosotros es diferente. Considera de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestra casa. Eso somos nosotros. Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres humanos que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de  moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí —en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo... Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido.

A más de 25 años de aquel episodio nadie duda del valor histórico y filosófico de esta fotografía. De hecho, en 2001 fue seleccionada por Space.com como una de las diez mejores fotos científicas espaciales de la historia. ¿Dónde radica su interés? En el hecho de que la Tierra vista desde la lejanía, considerada como un objeto astronómico más, comunica eficazmente una idea de fragilidad. Una fragilidad en donde surgió vida, hasta el momento una instancia inédita en el Cosmos, en un viaje donde estamos todos inmersos. En la actualidad (marzo de 2017) Voyager 1 se encuentra a más de 20 mil millones de kilómetros de la Tierra. Continúa su viaje hacia la constelación de Camelopardis a la que llegará dentro de 40 mil años. Por aquel entonces ese Pálido Punto Azul seguirá acompañando al Sol. Si la especie humana estará aún allí es otra historia.

  Dale Mandanga Las Voyager son dos sondas espaciales estadounidenses enviadas a los planetas exteriores del Sistema Solar. La Voyager 1 fue lanzada el 5 de septiembre de 1977. Pasó por Júpiter en 1979 y por Saturno en 1980. La 2 fue enviada al espacio el 20 de agosto de 1977, y luego de visitar Júpiter y Saturno arribó a Urano en 1986 y Neptuno en 1989 siendo la única sonda que ha visitado esos dos planetas.  A finales de los años 80, mientras Voyager 2 se dirigía a Urano y Neptuno, varios científicos, entre ellos el renombrado Carl Sagan, se percataron de que la 1 se hallaba en una posición perfecta para fotografiar a todos los planetas del Sistema Solar. Gracias a su paso cercano por Titán, la luna más grande Saturno en 1980, se encontraba por encima del plano de la eclíptica (el plano que contiene la órbita de la Tierra y, por extensión, de la mayoría de planetas). La Voyager 2 también debería abandonar la eclíptica -en este caso por debajo de dicho plano - tras su encuentro con Neptuno, pero tardaría muchos años en estar a la distancia suficiente para captar todo el Sistema Solar como la Voyager 1. Sin embargo, no todos los científicos estaban de acuerdo ya que operar sondas espaciales cuesta mucho dinero. Y las imágenes no tendrían ningún valor científico. Además, no estaba claro si se podría captar la Tierra claramente. En último término se acordó que para no interferir económicamente con el sobrevuelo de Neptuno por parte de la Voyager 2 en 1989 se decidió retrasar el proyecto hasta después de esa misión. Pero la espera no podía ser eterna. Luego del encuentro con Neptuno la mayor parte del personal de las Voyager sería enviado a otros puestos de trabajo y era muy probable que la cámara dejase de funcionar con el tiempo. Además, la electricidad generada por los generadores de radioisótopos (RTG) iba disminuyendo poco a poco. Candy Hansen y Carolyn Porco -por entonces en el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA y la Universidad de Arizona, respectivamente- calcularon los tiempos de exposición para las imágenes en base a las posiciones relativas de los planetas con el objetivo de presentar una propuesta que la NASA no pudiese rechazar. Además, fue necesaria la intervención directa de Richard Truly, administrador de la NASA, para que la secuencia de fotografías se llevase finalmente a cabo. Para validar científicamente el proyecto, además de las imágenes  de planetas, el resto de fotografías serviría para estudiar la luz zodiacal y la distribución de materia interplanetaria. Para ese entonces Voyager 1 seguía funcionando con la esperanza de aportar datos sobre la heliopausa, la frontera del sistema planetario, donde el viento solar deja paso al viento estelar de la Galaxia. Pero para esa tarea no había necesidad de enviar fotografías. Sin embargo y tras muchas discusiones se decidió que el 13 de febrero de 1990 la Voyager 1, que se encontraba a más de seis mil millones de kilómetros del Sol, girara su plataforma en la que se encontraba su cámara principal y tomó 64 imágenes, las últimas que realizaría durante su misión. El gran temor de muchos técnicos era que el viejo tubo Vidicón de la cámara quedase inservible si se fotografiaba el Sol directamente (un temor absurdo teniendo en cuenta que la Voyager 1 no iba a realizar más imágenes), por lo que se decidió captar el Sol y sus cercanías con el filtro de metano de la cámara -el más oscuro que poseía- y reducir la exposición hasta 1/200 segundos, la más corta posible. Pese a la lejanía, en 1990 la magnitud del Sol visto desde la Voyager 1 era de -18,7 y ocupaba 3,3 píxeles en la cámara de gran angular y 40 píxeles en la de pequeño angular. Distinta fue la situación con Urano y Neptuno. Para poder apreciarlos las imágenes debían tener unos 15 segundos de exposición, así que aparecerían borrosos por culpa del movimiento de la nave. Dadas las condiciones en las que se iban a tomar las fotografías, fue lo mejor que se pudo hacer. La contracara son Júpiter y Saturno, que se pudieron vislumbrar claramente (de hecho, los anillos de este último se aprecian indirectamente como una extensión de cinco píxeles). En el caso de Marte, debería haberse visto como un punto minúsculo, pero desgraciadamente los encargados de la misión se dieron cuenta demasiado tarde de que el planeta rojo sería invisible a través de los tres filtros de color de la cámara. Inmediatamente se sugirió cambiar la secuencia de instrucciones para fotografiar Marte sin filtros de color, pero no hubo tiempo. La Tierra y Venus serían unos puntitos de 1,4 y 1,3 píxeles respectivamente, pero en realidad nuestro planeta ocuparía menos espacio (0,12 píxeles) al verse como un fino creciente desde la perspectiva de la Voyager. Para la imagen a color de la Tierra se realizaron tres fotografías de 0,72, 0,48 y 0,72 segundos de exposición con los filtros azul, verde y violeta respectivamente. Si bien la Luna también entró en el campo de visión de la cámara, era demasiado débil para que fuese visible. Debido a la cercanía con el Sol Mercurio fue invisible para la Voyager 1 y no aparecería en el retrato.  Las imágenes no se enviaron inmediatamente. Se registrarían en el grabador magnético de la nave se enviaron a la Tierra entre marzo y mayo de ese mismo año. Cada una tardó casi cinco horas y medias en recorrer el abismo interplanetario antes de llegar a la Tierra para ser recibidas por la red de espacio profundo (Deep Space Network) de la NASA. Cuando la NASA presentó en sociedad las imágenes casi pide disculpas por la baja calidad de las mismas, muy distintas a las ofrecidas durante los encuentros con los planetas exteriores. En la mayor parte de imágenes solo reinaba la negrura del espacio, pero en alguna que otra se apreciaba un pequeño punto de luz, un planeta, entre ellos la Tierra. Un simple punto azulado suspendido en la negrura del espacio en medio de un rayo de luz, un reflejo de la óptica de la vieja cámara que aparentemente había arruinado la imagen. Sin embargo el público quedó cautivado. Era la oportunidad de ver nuestro hogar desde una distancia inconcebible, inédita.   Concretamente, la imagen de la Tierra sirvió de inspiración para que en 1994 Carl Sagan edite Un punto azul pálido (Pale Blue Dot). Ese nombre adoptaría finalmente la icónica imagen. En una de sus secciones del libro, Sagan relató sus pensamientos en un sentido más profundo: Desde este lejano punto de vista, la Tierra puede no parecer muy interesante. Pero para nosotros es diferente. Considera de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestra casa. Eso somos nosotros. Todas las personas que has amado, conocido, de las que alguna vez oíste hablar, todos los seres humanos que han existido, han vivido en él. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de ideologías, doctrinas económicas y religiones seguras de sí mismas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada profesor de  moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí —en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina de este píxel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo... Todo eso es desafiado por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y formadora del carácter. Tal vez no hay mejor demostración de la locura de la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros más amable y compasivamente, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que siempre hemos conocido. A más de 25 años de aquel episodio nadie duda del valor histórico y filosófico de esta fotografía. De hecho, en 2001 fue seleccionada por Space.com como una de las diez mejores fotos científicas espaciales de la historia. ¿Dónde radica su interés? En el hecho de que la Tierra vista desde la lejanía, considerada como un objeto astronómico más, comunica eficazmente una idea de fragilidad. Una fragilidad en donde surgió vida, hasta el momento una instancia inédita en el Cosmos, en un viaje donde estamos todos inmersos. En la actualidad (marzo de 2017) Voyager 1 se encuentra a más de 20 mil millones de kilómetros de la Tierra. Continúa su viaje hacia la constelación de Camelopardis a la que llegará dentro de 40 mil años. Por aquel entonces ese Pálido Punto Azul seguirá acompañando al Sol. Si la especie humana estará aún allí es otra historia. Click Para Escuchar